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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 30 de julio de 1949

Pablo se había vuelto a concentrar en los alrededores de Fuencaliente. Había habido muchas discusiones entre él y Rubens. Pablo tenía la teoría que los terremotos de la primavera podían haber provocado del mismo modo grietas en las alturas del sur, las que en la estructura superficial con amplios campos de grava no eran visibles. Él pensaba que podría haber otra erupción en el pueblo vecino de San Antonio. Aquí se dividían los caminos de los dos investigadores.

Durante los últimos días, Rubens y Ramón, habían observado la sierra y medido las grietas que indicaban una legible inestabilidad. A pesar de las advertencias y de los letreros se encontraban curiosos, que se encontraban totalmente sin cuidado en la cercanía de las chimeneas. Rubens tuvo que llamar la atención varias veces por la extrema amenaza debido a los repentinos escapes de gas.

Alrededor del mediodía un ligero sismo recorrió la montaña. Justamente estaban escalando la cuesta este del Fraile y perseveraron instintivamente sobre las varas. Los indicios de una erupción corrían a través de la montaña. Ramón conocía esos temblores. La grava resbalaba por la cuesta. Rubens se decidió por una un andar a buen paso. Alcanzaron la cresta norte del Duraznero cuando el Hoyo Negro con una detonación de vapor cazaba otra vez en lo alto la fuente de grava, luego hubo tranquilidad. El aviso fue claro.

Bajo ellos se hallaba el Duraznero, como siempre arrojando mucho gas y en todos los colores irisado. Un continuo viento llegó del norte, las nubes se habían amontonado y se puso cálido. Rubens se propuso vivir una erupción desde cerca, luego de un breve descanso tomó su equipaje y sin decir nada se dirigió al Deseada. Atrás de la cuesta esta se dejó caer y bebió agua. "Hoy va a haber aquí fuegos artificiales, ¿te das cuenta?" El exhausto Ramón se había escondido bajo tierra al lado del borde del cráter.

"Cuanto luego llega a las fosas que unen por debajo ambas chimeneas, ¡entonces sube allá arriba!" Rubens señaló la parte norte del cráter donde se dispersaba una perceptible agitación. "Te das cuentas como desde la profundidad presiona otra vez, ¡esto sube otra vez la montaña! Mejor que te sujetes fuerte..." se rió Rubens agitado. Ramón no necesita ninguna piedra, la vibración de la montaña pasaba a la profundidad del gruñido, que él ya conocía tan bien. Él también sabía que en cualquier momento se podría producir una erupción.

Probamente no se pueda describir como fuerzas gigantescas dividen una montaña. Antes sus ojos y oídos se repetía el extraño ruido de piedras resbalándose como en la abertura del Llano del Banco, caían cantos rodados de las pendientes, el suelo del cráter se rasgó, y la erupción erigió una torre de fuego a la altura de los ojos que tras pocos minutos se cayó en sí misma y se retiró por una brecha en la que la lava latía. Poco después comenzó en el extremo inferior un río de lava.

La lava no estaba tan caliente como en el Llano del Banco. Ella inundaba el cráter y rompía en un río estrecho, el camino sobre el borde del Duraznero. "¡Éste es nuestro capítulo final, Ramón! ¡Ya no vamos a vivir ninguna otra erupción!" Rubens se puso de pie. "Dale, nos vamos, se están levantando los vapores."Están rodeando el Deseada y se encuentran con el río de lava por el camino a las montañas de la Horqueta, pero siguen el río, el que ya ha aminorado fuertemente buscando su camino. En el refugio encontraron a los soldados y a la gente de Tigalate. Ellos levantaron una pared, pero habían llegado demasiado tarde como para poder parar la corriente. Rubens los tranquilizó. "¡Es lava fría, dentro de poco se va a detener! -Mientras ellos hablaban el río se tranquilizó y se solidificó.

El final de las erupciones del San Juan había llegado.

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Cumbre Vieja

Mientras Carlo nos cuenta sus aventuras del San Juan, por las tardes giro la "Webcam" en dirección Cumbre Vieja, donde todo esto succedio.

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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