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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 27 de julio de 1949

Primero el abuelo no quería venir, pero yo lo convencí, y finalmente fue conmigo a la puerta del jardín, donde esperaban Francisco con Julio y su padre. "Manuel, pero ven conmigo, no tiene sentido estar acá sentado y esperar, tenemos que ver como está todo ahora, y después, bueno, ya nos decidiremos," gritó el padre de Julio desde el coche. Trepó del camión y subió a la superficie de carga. "Vamos, sube, y Carlo, ¡tú puedes sentarte con nosotros!" Cuando menos pensamos, nos había levantado de los brazos a Julio y a mí.

En la calle antes de San Nicolás había muchos coches. Francisco ya había dejado su camión que en lo de un amigo. Nosotros subimos el camino, y ya desde lejos vimos la montaña negra sobre la calle. Arriba la gente había hecho un lugar para girar, sobre el que había un camión con grava, que era llenado con carretillas. Uno después del otro desaparecía por el primer camino libre de algún lugar arriba sobre la sierra negra. Atrás nuestro se ajetreaba otro camión tratando de subir la calle, también cargado hasta el tope de gravilla. ¿Podemos ir para la otra parte?" preguntó el abuelo a un hombre que justamente venía por el camino con su carretilla vacía. - "Sí, se puede, pero más adelante van a tener que escalar. ¡Miren que arriba todavía está muy caliente!"

Subimos el camino. En el fondo vimos mucha gente que aplanaba la superficie con palancas y martillos. Continuamente nos hacíamos a un costado cuando los hombres con las carretillas pasaban cerca y las vaciaban adelante. El calor acá arriba era casi insoportable, quemaban los pies. "Hola Manuel, ¿quieres ayudar? Gritaron algunos hombres cuando nos acercamos. ¿Cómo lo soportan, yo ya transpiro sólo mirando" respondió con una evasiva el abuelo iba y venía. "Nos turnamos cada media hora, ¡más no se puede!" Los hombres tenían gruesos trozos de neumáticos bajo los zapatos, y yo sentía el calor cada vez que andaba por un lugar plano. Luego trepé rápidamente sobre una punta y me quedé un rato atascado. A los demás les pasó lo mismo, Francisco saltaba y saltaba, él había encontrado una palo.

La gente cerca de San Nicolás todavía no había avanzado tanto. Tampoco tenían grava. El abuelo habló con algunos de ellos. La fuente de Pascal y el canal se habían enterrado y ya no había agua. Corrimos a través del jardín para abajo. Por todos lados había polvo gris, nadie tenía el coraje de empezar a trabajar. Aquí había existido un valle. Donde antes descendían las cuestas a las Manchas, ahora se había amontonado un monstruo negro. Todavía el calor pegaba contra la pared, alta como una torre de iglesia; y lejos, lejos, debajo en la profundidad, todo lo vivo se había extinguido, en este nuestro extinguido mundo.

El abuelo se giró hacia mí. "Lo mejor para ti es que te vayas de acá." Luego nuestras miradas recorrieron otra vez hacia abajo la pared irreal e intimidatoria, como si quisiéramos atravesar el negro y seguir otra vez el camino hasta las piedras de abajo. Atrás aparecería la casa blanca del abuelo con el abandonado establo pequeño y los muros del jardín.

Francisco puso el mundo otra vez en orden: "Esto no está tan mal, yo me voy a comprar allá arriba un pedazo de terreno con lava y lo voy a llenar con tierra, y" "Cállate la boca Franscico, ¡y déjanos ir! El padre de Julio estaba casi llorando, nos habíamos despedido.

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San Nicolas

Mientras Carlo nos cuenta sus aventuras del San Juan, por las tardes giro la "Webcam" en dirección Cumbre Vieja, donde todo esto succedio.

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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