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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 22 de julio de 1949

El día se anunciaba caluroso. Rubens y Ramón ya se había puesto en marcha a la madrugada, para investigar la cresta entre ambas chimeneas. Aparentemente el cráter estaba tranquilo, y por eso se atrevieron a descender por borde sur del Hoyo Negro. El viento arrastró los vapores del cráter en dirección norte. Hoy pudieron utilizar las cuerdas porque la pendiente era completamente inestable. Un seguro corría sobre la cresta. Rubens bajó primero y luego hizo señales a Ramón. Dieron vuelta a la antigua saliente, aseguraron todo el trayecto y se pararon delante de la cuesta oeste del nuevo cráter. El nuevo estrato de grava, en la parte oeste, era asombrosamente fino, en comparación con la violencia de la erupción. Rubens se puso el máscara respiratoria y escaló sobre el borde. El acceso era relativamente llano. Ramón se quedó allí mismo y la aseguró. El cráter todavía emanaba un enorme calor, en cuya esquina más sudoeste bostezaba una chimenea. Rubens había montado sus varas y empujó su preparada estación de medición en dirección del abismo, del cual subían casi invisiblemente los gases. Aquí casi no se divisaba azufre depositado, sino puntiagudos cantos negros. Ahora Rubens se encontraba en el camino de regreso. Se le notaba el calor y la dificultad para respirar, y, el último tramo, Ramón tuvo que alzarlo por el borde, donde se tiró y jadeó horriblemente. A pesar del la máscara había respirado gas.

Rubens se recuperó lentamente, y así se quedaron un rato debajo de las rocas en la parte sur. Ramón subió para buscar agua. Alrededor del mediodía estaban los dos otra vez sobre la cresta y empezaron con la medición de la pronunciada grieta. Siguieron una fractura que iba hasta el Duraznero y que en los últimos días se había ampliado visiblemente. Ramón tenía la impresión de que Rubens le ocultaba algo, quizás era porque él mismo no estaba seguro de sus conjeturas, que normalmente decía para sí en voz alta. "Pareciera que la montaña se parte aquí, el Duraznero se inclina hacia el este y el Hoyo Negro hacia el Oeste", preguntó Ramón, pero no obtuvo respuesta alguna. Alcanzaron el cráter del Duraznero y a Rubens se le ocurrió atreverse a descender otra vez, pero lo abandonó, y tomaron el camino alrededor del Deseada, por el cual habían venido. Más abajo, Rubens, se quedó parado y miró para atrás. "Me parece que esa erupción es una señal, vamos a tener que observar la montaña, ¡está cambiando! Ramón tomó el diálogo consigo mismo como respuesta a su pregunta: "Yo lo haré, cuando tú no estás más aquí, Rubens - tú te vas a ir otra vez - ¡¿o te quedas con nosotros?!" Rubens calló. Recién después, en el depósito, tocó a Ramón en el pecho: "No voy vivir tanto como para ver la próxima erupción, entonces, ¡está en tus manos!"

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Mientras Carlo nos cuenta sus aventuras del San Juan, por las tardes giro la "Webcam" en dirección Cumbre Vieja, donde todo esto succedio.

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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