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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 9 de julio de 1949

Al mediodía llegó Francisco al jardín: "¡Manuel, Manuel!" Nosotros estábamos comiendo algo bajo el árbol de aguacate. Allí, madre había construido unos asientos porque mi padre había dicho que en verano quería sentarse allí, bajo los árboles - al menos, una vez más en su vida. Así que madre estaba en el jardín nórdico, como dije, esperando a padre.

Francisco se agachó bajo las ramas para llegar hasta nosotros: "¿Dónde está Manuel, se viene todo a pique?"- "Se fue hoy a la mañana para Las Manchas en coche o andando, eso no lo sabemos. Todo es tan horrible, ¡no nos atrevemos para nada a mirar enfrente!" Enseguida me puse atrás de Francisco, quizás, para evitar que se vaya sin mí. "Él puede venir" manifestó Francisco y ¡madre asintió suavemente! "Julio está afuera en el coche." Tomé la bota. "¿La llevamos, Francisco?" - "Sí, está bien, no creo que en Las Manchas todavía vayamos a encontrar agua."

El padre de Julio también estaba sentado en el coche. Él parecía cansado y no dijo nada. Fuimos para Todoque. Sobre la pendiente por encima de San Nicolás se encontraban columnas de humo. Ellos hacían un efecto casi frágil delante de las mofetas que pendían de la montaña. El volcán todavía seguía cazando sus nubes en las alturas. En Todoque todo estaba gris de polvo. Los soldados caminaban a paso cargado por ahí y también estaban grises. En alguna parte no se pudo andar más y con el padre de Julio nos fuimos a través de los campos. Francisco había regresado en su coche para dejarlo en lo de un amigo y quería volver más tarde. Cuanto más alto íbamos, más gente veíamos sobre las elevaciones.

Arriba, sobre un lado de la calle, había personas de San Nicolás y de otros pueblos, sobre la otra parte, vehículos militares. Sobre la calle, vimos entre ellos una humeante montaña negra, de la cual masas de lava rodaban hacia abajo por el terraplén. Desde aquí no se veía hacia adonde iba la corriente pero el padre de Julio empezó a correr y nosotros apenas lo podíamos seguir. Sobre nuestro peñasco en el callejón había un hombre. Corrimos en esa dirección. Desde abajo venía alguien corriendo, tendría que ser Francisco.

El hombre sobre el peñasco era el abuelo Manuel. Y lo que vimos después nos quitó el aliento. Por encima de la casa de Julio la lava había alcanzado el callejón y venía cuesta abajo. Una parte ya había corrido por el campo al pie de la casa, donde se hallaba el establo y la cisterna. A veces permanecía todo quieto y poco tiempo después estallaba un grueso colchón y de la lengua disparaba chorros hacia abajo, al jardín. Como un gigantesco ser viviente la lava se arrastraba de terraza en terraza. Una marea alta rodaba otra vez por el callejón y lo sobrepasaba. El camino ya había desparecido.

Siempre buscábamos con la vista para arriba. Quizás podría descender sobre nuestras espaldas una lengua. Todo sucedía muy rápido, la vid ni siquiera había tenido tiempo de quemarse, había sido inundada y desaparecido. Ahora la lava se desplazaba al pie de las rocas y había alcanzado las viñas de madre. Un silencio abrasador. La tierra se murió en silencio. Sin rebelión. El fuego apisonante llegó descendiendo el camino y embalsándose delante de la casa de Julio. Dobló muy lentamente para más tarde quemar el techo y todo se deslizó sobre cuesta abajo hacia la cisterna.

En este momento, el abuelo Manuel se dio cuenta que perdía su casa. Se volvió y posó ambas manos sobre los hombros del padre de Julio: "¡Ahora somos gente pobre, gente muy pobre, pero estamos vivos!" Los hombres se contemplaron, habían sido y seguirían siendo vecinos. "¡Y nos vamos a apoyar!"

Hubo un ruido sordo. Algo hervía a borbotones, luego allí explotó la lava, precisamente donde estaba la casa, silbó brevemente y el vapor se disparó hacia arriba. Incrédulamente el padre de Julio clavaba los ojos en el lugar. "La cisterna - tu cisterna ahora mismo se ha rebasado" dijo el abuelo Manuel. "¡Eso vamos a arreglarlo enseguida!" En media hora la lava había inundado los jardines en la parte más alta del callejón. Devoraba cada ángulo y tomaba lo que estaba en su camino. Cada vez llegaba más de esa crujiente masa negra, rojiza, que se posaba sobre las anteriores capas de lava, todo atacaba y todo devoraba.

Luego se incendió la casa del abuelo, desapareció el huerto de col, el monstruo invadió la bodega, escuchábamos estallar los barriles e incluso la cisterna persiguió a la lava en su huída por un breve instante con un sordo chasquido. Luego estaba ella otra vez allí saludando la obra de toda la vida del abuelo.

Francisco gritó. Arriba había gente con pañuelos que hacía señas. Se había desviado una nueva corriente que se desplazaba hacia el norte. Nosotros teníamos que irnos de aquí y corrimos pasando a las otras personas que estaban en sus campos esperando un milagro. Cada vez se nos unían más personas, la lava venía rápidamente hacia abajo, desde la montaña, desapareció en la quebrada, invisible y luego disparó hacia arriba en otros lugares. Los militares se fueron de arriba.

Estuvimos hasta la noche en Todoque. Había para comer y beber. Las personas se juntaron, formaron una unidad, aquí se maldecía, y siempre había un sismo que atravesaba la tierra pero éste ya no era tomado en serio. Como a la medianoche nos fuimos finalmente a casa, Las Manchas ya no existía.

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Mientras Carlo nos cuenta sus aventuras del San Juan, por las tardes giro la "Webcam" en dirección Cumbre Vieja, donde todo esto succedio.

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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