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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 5 de julio de 1949

Francisco estaba casi todos los días en Los Llanos. Entregaba cal, y, desde el sismo, el precio había subido considerablemente, dijo él. El viaje ahora se hacía siempre por la Cumbre porque la carretera a Fuencaliente estaba cerrada y a pesar que se limpiaba constantemente, soltaba polvo de tal manera, que voluntariamente nadie quería conducir el coche por esa suciedad. Él recién había hecho un viaje para Argual llevando cal y luego pasó a buscar un café por lo de mi madre. Le pedí de rodillas a mi madre que me dejara viajar con él, ya que tenía que llevar una segunda carga para Argual y de esta manera, a la noche, yo podía estar de vuelta en casa. ¡Y funcionó!

El volcán soplaba sin parar hacia el cielo una increíble cantidad de polvo y ceniza. A cada rato había erupciones en las cuales las nubes repentinamente eran ahuyentadas hacia las alturas y un rumor sordo y un tronar lejano flotaba sobre la montaña. La inflada nube ya había sido empujada para afuera, sobre el océano. Subía y subía. El ligero viento de esos días de verano también empujó lentamente con ella, y de su oscuridad giró sobre la tierra un velo de polvo que cayó como plumas hacia ella . La nube era tan grande que al mediodía y por la tarde, hasta Todoque, todo quedó en penumbras.

Desde El Paso previmos más de lo que nosotros podíamos ver esa tarde temprano, cuando la tierra se estaba hundiendo de polvo, no, ¡por ahí no podía pasar ninguno! Arriba, en la Cumbre la dimensión de esa figura de polvo fue todavía más impresionable. Donde normalmente el Birigoyo formaba el límite entre la tierra y el cielo, ahora brotaba una montaña de humo hacia el sol. De manera afilada, arremolinante y ondeando otra vez hacia abajo escaló el coloso las alturas.

Francisco tenía prisa. Por todos lados había vehículos con soldados que no sabían exactamente cuál era su tarea. Ellos condujeron, pararon y giraron. Francisco sacaba todo el tiempo la cabeza por la ventana y gritaba y protestaba y tocaba bocina. Ellos ya lo conocían, pues, que otro conduciría aquí arriba si realmente no se tuviera que hacer.

Cuando nosotros estábamos de regreso de Brena el aspecto de la chimenea fumante era totalmente otro. Un columna gigantesca se encontraba allí, directamente de la montaña hacia el cielo. El sol de la tarde se sumergió en esa figura con una luz gris amarronada, emanaba y emanaba. ¿De dónde salieron esas masas de humo y polvo?

Esa tarde el sol cayó como todos los días pero el rojo amarronado de las montañas de nubes fue único, quizás escalofriantemente bonito.

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Mientras Carlo nos cuenta sus aventuras del San Juan, por las tardes giro la "Webcam" en dirección Cumbre Vieja, donde todo esto succedio.

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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