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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 29 de junio de 1949

Rubens había contratado a Francisco para ir a buscar a su amigo Pablo, quien había llegado por la mañana en ferry desde Tenerife. Pablo no sólo traía el nuevo equipo de fotografía, sino también algunos medidores que quería instalar con la ayuda de Rubens. Francisco ardía de entusiasmo porque él tenía un contrato fijo que le proporcionaba mucho dinero, tanto que tuvo que poner un conductor sustituto para su patrón.

Tuve la suerte que Francisco me recogió ayer a la noche en Los Llanos y madre dijo SÍ. Naturalmente, Francisco había tenido que hacer mil juramentos diciendo que iba a cuidarme bien. A la noche pude dormir en lo de Julio y escuché las historias sobre el volcán que Ramón tenía que contar una y otra vez.

El volcán estaba tranquilo. Desde Brena se podía distinguir una cortina de humo que colgaba sobre la montaña. Hoy estuvo un poco ventoso.

Francisco llegó tocando fuertemente la bocina por el camino cuesta abajo. Estábamos todos allí parados, abismados por las cajas sobre el camión y por Pablo. Él era español y hablaba elegantemente. Ahora Rubens también había ganado al hombre de Las Manchas, él que había tosido, para una expedición. Algunas personas del vecindario habían venido porque querían saber cuanto era la paga ofrecida. Encontré todo muy emocionante y traté de ponerle en claro a Francisco que yo también quería tomar parte de la expedición. Entretanto Ramón era reconocido por todos y yo era tan sólo unos años menor que él. El padre de Julio también debía ir. La noche anterior le había dado dinero a los pastores de Tacande y estaba, pues, libre por los próximos días.

Rubens y Pablo estaban con un mapa, practicaban y discutían. Los otros descargaban las cajas y las desempacaban, siempre interrumpidos por llamados a los que sí tenía que atender, debido a que son aparatos delicados y caros. Yo siempre me encontraba cerca de Rubens. El hombre me fascinaba inexplicablemente. De repente Pablo levantó la voz. Se trataba de teorías y él apoyaba su tesis sobre los nuevos conocimientos y después, probablemente, habría una erupción de un volcán al sur de la isla. Él también le había dicho a la Guardia Civil, que las medidas para la evacuaciones, habían sido tomadas demasiado precipitadamente y sin base alguna. El padre de Julio confirmó que ayer a la noche, en Las Manchas, había visto gente en sus casas. El abuelo Manuel había vuelto antes de ayer a su casa porque quería regar.

Fuimos en dos coches a Fuencaliente. Rubens y Pablo habían llegado a un acuerdo, Rubens tenía que realizar las mediciones en Cabrito, mientras Pablo iría de Fuencaliente hasta la costa. Francisco trasportó primero los aparatos para Pablo por debajo de Fuencaliente, luego volvió y nosotros descargamos lo que quería llevar Rubens. Francisco dijo que yo también llevara algo. Él jugueteaba con una cinta de cuero de la que pendía una cajita marrón, dentro de la cual se encontraba un telescopio. Tomé la cajita. Todavía tenía una bota sobre la espalda. El padre de Julio salió primero. Luego siguieron Rubens y Francisco, quienes llevaban un aparato con una vara, y finalmente Ramón y yo.

Era un camino muy lejos. A la tarde temprano llegamos al Cabrito. Enseguida, empezó Rubens a montar los aparatos. Todavía me acuerdo cuando Francisco tuvo que enterrar una varilla de metal, lo que lo disgustó mucho. Rubens no parecía muy interesado. Él terminó la construcción y seguidamente conversó con el padre de Julio y Francisco sobre el proseguir de la expedición. El se decidió por escalar la montaña. Quería buscar fracturas por la cuesta oeste. A la noche, Francisco tenía que ir a buscar a los tres.

En el fondo yo estaba contento, ya que Francisco había podido regresar. Yo nunca había estado en el sur de la montaña. Fue una tarde abrasadora y nosotros nos hundimos en la arena. Finalmente llegamos otra vez al bosque y a la fuente del Tión.

Madre se puso muy contenta cuando regresamos a casa, pero a pesar del cansancio lloriqueé tanto alrededor de ella hasta que me dejó ir a pasar la noche a lo de Julio. Francisco había cargado algunos barriles y ahora nos teníamos que dar prisa. Era lejos hasta el refugio, y el sol ya estaba en el oeste. Ya estaba casi oscuro cuando nosotros llegamos a la cima. Siempre tenía que andar aclarando a los soldados lo que buscaba en la montaña porque el sendero, en realidad, estaba cerrado. Los soldados tenían un campamento en el refugio y bajo los árboles se encontraban algunos vehículos militares. Sí, ellos habían visto al inglés, ¡un tipo completamente loco! Él había estado por última en los Llanos del Agua. Nosotros esperábamos y esperábamos. Finalmente vimos el destello de las lámparas entre los árboles. Los soldados gritaban palabras de reconocimiento de aquí para allá. Luego llegó la tropa y se instaló delante de la tienda del comandante. Uno de los soldados hizo un informe. El inglés le había aclarado que era inminente una erupción mucho más fuerte. Sería seguramente un nuevo cráter en el flanco oeste, al norte del cráter activo porque aquí todo estaba en movimiento. El hombre le había mostrado algunos lugares donde se había abierto. "¡Arriba de la montaña, a través de los Llanos de agua, corría transversalmente una grieta de cien metros de largo! Más al norte se originó una zanja que tiene unos metros de ancho y va en dirección a los barrancos de los Cubos. ¡Y allí se escuchan los bufidos de los gases calientes al salir de cada hoyo! Tengo la sensación que toda la montaña se va a levantar. ¡Tiembla todo!" - "El destacamento ahora está en el valle entre Los Charcos y La Barquita y el inglés dijo que ¡permanecerá allí hasta que llegue la orden de retirada!" - "Pero este inglés, que se vaya a...", el comandante se giró hacia la tienda y nosotros lo vimos con una mano en sobre la barbilla y la otra mano apoyada sobre la mesa de las cartas, y así estuvo un rato. Él miraba a las lámparas, luego se volvió al informante "¡De volcanes no sé nada, así que den la retirada en el destacamento y tráigame al inglés para acá!

Tardó una eternidad hasta que destellaron las lámparas arriba entre los árboles. Otra vez hubo un ida y venida de soluciones. El comandante del departamento hizo un informe, luego hubo un recuento y se procedió a la retirada. Rubens apareció con el padre de Julio ante el comandante, entonces se encorvaron los tres sobre el mapa. Rubens fue convincente. Ramón y yo trepamos hacia Francisco que estaba en el camión, cuyo motor diesel resonaba en el bosque.

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Ruta de Los Volcanes, direccion norte

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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