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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 23 de junio de 1949 - San Juan

Hoy por la mañana fuimos todos otra vez a la escuela: la hermana priora pronto apareció en la escalera y tuvimos que formarnos. Luego dijo que nosotros teníamos que rezar y así lo hicimos. Ella pidió a la Patrona de Los Llanos, la Virgen de los Remedios (2 de julio) para la protección de ciudad y del país, y luego pudimos irnos a casa.

Madre y tía Almodena fueron a esperarnos delante la escuela. Se habían enterado que a la mañana la Guardia Civil había estado en lo de los abuelos y en lo de los padres de Julio, y que había pedido a la toda la gente que empacara las cosas necesarias y abandonara Las Manchas. El tío Gregorio se fue a la noche a Fuencaliente. El quería procurar un coche para llevar todas las cosas. Los militares habían establecido un servicio de transporte gratis y rápidamente nosotros estábamos sentados en un camión con bancos. El camión siguió hasta Todoque. Desde allí tuvimos que caminar.

A cada rato sentíamos movimientos y temblores en el suelo. Todavía hoy pienso en los primeros contactos con las fuerzas terrestres, cada vez llega esa particular confusión de los sentidos con lo que surge una sensación extraña, como si flotara. De la montaña siempre se escuchaba un profundo tronar cuando el suelo se movía. El tronar no venía del la profundidad que había debajo de nosotros sino que venía de la montaña que teníamos encima. Nos dio miedo, y no entendía porque todo cambiaba repentinamente donde hasta ayer estaba todo tranquilo.

Julio corrió primero. Él estaba apurado por llegar a casa. Pregunté por Ana y tía Almodena me dijo que ella se había ido con su padre. El abuelo Manuel estaba delatante de la casa con el padre de Julio y el murro. Teníamos que llevar todas las cosas para la casa de los padres de Julio porque el coche podía ir sólo hasta allí. Había bastante desorden y yo tomé la carretilla del abuelo y me la llevé por el callejón para arriba.

Delante de la casa de Julio había muchas cosas que tenían que ser cargadas. Allí estaba un coche extranjero con un hombre desconocido que no era de La Palma. Él tenía barba y pelo largo. Leía un cuaderno y miraba continuamente hacia las montañas. Su vestimenta era muy rara. Tenía pantalones que le llegaban hasta la rodilla. ¡Y tenía una máquina fotográfica! Naturalmente, Julio, le preguntó cómo se llamaba, y en realidad todavía no sé que quiso decir: "Dime Rubens, ¡me llamo como el pintor!" Julio asintió, el nombre era bastante extraño y nosotros no conocíamos ningún pintor que así se llamara. El hombre hablaba raro y también tenía miedo porque siempre mirada a la montaña. Finalmente gritó: "¿Ramón, y ahora qué? - ¿Ramón, fue aquí? La madre apareció en la puerta y movió la cabeza. "No, él no va." Dijo seriamente. Yo no la conocía así. "Él recién tiene 15 y todavía es medio niño." Él hombre se enojó, y Ramón salió de la casa. Él se veía un poco desamparado al lado de su madre. "¿Y cuándo viene tu padre? No tengo más tiempo. Bueno, ¿y ahora que pasa?" Se fue caminando para abajo, y vimos al padre de Julio pasando esquina con el murro cargado. Ambos hombres se encontraron, luego tomaron el camino ascendente y conversaron. Se quedaron parados y escuché al padre de Julio decir: "Bueno, él va pero solo hasta la fuente de Pascal. Él conoce todo eso. Pero a partir de allí ya no conoce." Ramón se había acercado lentamente a ellos y dijo muy tranquilamente, lo que yo encontré muy maduro: "Conozco el camino, estuve por todos lados allá arriba. Vamos por Hoyo de la Sima, y de Hoyo Verde a Los Charcos..."
"Bien" dijo el hombre, "entonces vamos, no tenemos tiempo", le dijo subiendo al padre de Julio. "¡Como vulcanólogo no puedo dejar pasar esta oportunidad única! La puerta se cerró y Ramón se fue con el forastero. La madre de Julio lloraba.

La Guardia Civil había cercado todo y el profesor, y como que lo era, había prohibido el acceso a la montaña. Él sabía, por un encuentro anterior, que Ramón había estado en Tacande y que allí lo había sentido. Ramón debía recibir 50 dólares si lo guiaba por los caminos secretos.
El tío Gregorio llegó a la noche con Francisco. Los dos tenían un coche. Francisco condujo todas las cosas de los padres de Julio a Brena, donde el tío de Julio tenía una finca con casa que no estaba habitada. Más tarde quería regresar para llevarse a su familia y a las cabras. Llenamos todo el coche de tío Gregorio. Puede llevar con él la primera carga a Los Llanos. Luego vinieron los demás, también el cerdo del abuelo, a pesar que la abuela siempre insistía en que ella no tenía un establo. Ahora estaba la Guardia Civil por todos lados y alumbraban con lámparas de acá para allá. Una rara y silenciosa intranquilidad se posó sobre la pacífica tierra. La naturaleza permanecía en expectativas de malas nuevas.

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Foto de Reiner Flierl

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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