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Diario de la erupción del San Juan, narrado por Carlo


              


Hoy es el 20 de junio de 1949 - El Volcán

Era un lunes de verano. Después del mediodía inesperadamente nos habían dado libre en el colegio, lo que significaba que al día siguiente no teníamos que ir al colegio. Mi madre se decidió sin vacilar que nos íbamos para Las Manchas. Como siempre caminamos a lo largo de los Campitos. Iba para casa, al menos para Julio. Él vivía durante la semana en lo de una tía, en Los Llanos. Nosotros íbamos a la misma escuela. El colegio de las monjas está todavía en el mismo lugar y sitio cerca del mercado. Yo era par de años mayor que Julio pero en ese entonces las clases no eran tan grandes, por eso se ponían a los grados juntos.

Mi madre había obtenido de sus padres un terreno con vid en el vecindario de la finca de la familia de los padres de mi compañero, donde intentaba también, al menos en inverno, con patatas y verduras. También en verano, por lo general los fines de semana, iba temprano por la mañana a Las Manchas y después, íbamos nosotros, los muchachos. Pero hoy ella estuvo con nosotros. Mi madre tenía el andar equilibrado de las mujeres del campo de La Palma. Padre llamaba a su andar "STIKEN" Para la relaciones de La Palma era alta y muy delgada y siempre llevaba un cesto sobre la cabeza. Hoy tenía en su canasta ropa para los abuelos que había lavado en Argual, en el canal La Vica. No tropezaba nunca. Mi madre era sencillamente bonita cuando caminaba, solemne y constantemente cuesta arriba y nosotros, los chicos, alborotábamos por ahí. El dinero para la cucaracha, así llamábamos en aquel entonces al transporte común, no se encontraba en ningún bolsillo de personas como nosotros.

En realidad nuestros paseos por esas horas del día era algo insólito, todo parecía ser algo diferente. Por todos lados había soldados y la Guardia Civil estaba en cada esquina. Quizás había otra vez guerra. Siempre evitábamos a la Guardia Civil. El hermano de Julio había robado un casco de acero, en fin, no se puede saber más...

Nosotros conocíamos cada piedra de los Campitos y cómo se llamaban. En aquel entonces los campos estaban cuidados. La gente había hecho su trabajo y nos venían en contra. En los Campito corrían burros y mulas. A veces nos subíamos a una mula pero siempre tenían tanto calor que no nos querían. Algunos de los chicos, cuyos padres tenían fincas, iban con nosotros, pero al rato desaparecía por algún lado. La gente nos conocía a casi todos y cuando un extraño llegaba al camino le preguntábamos su nombre. Todos llevaban algo sobre la cabeza. Nadie tenía la idea de ir a pasear porque siempre había algo que transportar.

Por supuesto, Julio y yo, también teníamos nuestro trabajo y el camino más largo. Pero nosotros no podíamos llevar nada sobre la cabeza. Eso lo habían ordenado las monjas en la escuela. Por este motivo cada uno llevaba una mochila de lana de oveja. Madre dijo que Julio y yo teníamos que entregar el café en el Callejón, en Las Manchas. Sola se fue a lo de los abuelos por el camino cuesta abajo.

En la casa de Julio encontramos a su padre. Él apenas había llegado de la montaña con el murro. En el cobertizo había un montón de hierbas. Él había bebido unos vasos de vino y dormía sobre la mesa de la cocina. No era ningún milagro porque en esa época la gente se iba de madrugada al monte a buscar forraje. Eso era trabajo duro y quien no tenía un mulo tenía que cargar con un gran atado para abastecer a sus cabras y conejos. La madre de Julio era la alegría en persona y antes que nada teníamos que comer algo. Eso era así con la madre de Julio. En tan solo unos pocos momentos ya tenía algo sobre la mesa. Se alegraba siempre de que nosotros estuviésemos con ella. El padre había traído queso y algo asado. Los pastores que trabajaban durante verano tenían allí, dónde está el Llano del Pino, un lugar en el que mantenía juntos a los animales por las noches y en el que en algunas ocasiones habían hecho queso. Esto era una excepción en esta temporada, y nosotros nos arrojamos sobre la fuente. Los padres de Julio tenía incluso en verano dos cabras en el corral que daban la leche, y encima gofio - que más puede pedir un chico. En la esquina, al lado de la puerta estaban los cuernos de animales para el agua. Al lado de los pequeños cuernos para la sed que con brío nos lanzamos sobre la cabeza cuyo chorro guiamos directamente a la boca. ¿Dónde están entonces los demás? - preguntaba Julio, refiriéndose a sus hermanos. "Están en el monte y padre se va otra vez pa'rriba, quieren ir con los animales para Tacande" - ¿Por qué? - ¡Porque es mejor así! - refunfuñó el padre; ¡nosotros lo hemos despertado! - ¿Por qué mejor? - preguntó Julio. " Los animales están inquietos y por la cueva hay una grieta" - dijo el padre de Julio, "¡y yo ahora me voy! Se volvió a madre y se dio cuenta que ella iría al Canal de Habana para traer agua de la Fuente de Pascal. Él se paró, tomó su alforja de lana y se puso en camino para San Nicolás. "¡Yo quiero ir contigo!" gritó Julio y corrió tras él "hasta mañana no tenemos clases" pero a la mitad del camino lo alcanzó una reprimenda y trotó de vuelta hacia mí. En realidad una pena, pensé, a Tacande... la tierra de las piedras quemadas - eso es hoy una pradería y hay vacas. Yo quería vacas. La voz del padre de Julio me arrebató de mis sueños, "y tú Carlo, cuídalo y no hagan tonterías sino vayan a buscar agua!" En ese entonces el agua era un regalo. En el depósito de San Nicolás había exactamente 15 litros por familia. Tomamos nuestras botas y salimos corriendo detrás del padre.

Las botas eran de cuero de cabra y nosotros las podíamos llevar perfectamente si no las llenábamos demasiado. También había unas barricas de maderas, las cuales eran llevadas por los murros y tenían una cabida de 33 litros. En las Manchas los llamábamos "cuartón". Entonces el agua era el tema del día, especialmente en verano. Buen agua potable sólo había en las fuentes o en el depósito de San Nicolás. Casi toda la gente, aquí a las afueras, tenían en esa época, cisternas para los meses secos, en las que se almacenaba cada gota de lluvia que se pudiera. Las cisternas eran lo más importante y el tío de Julio tenía un horno de cal, siendo la cal indispensable para la construcción de las mismas. La cal venía como canto rodado pedregoso en barco desde Fuenteventura porque allí no había más leña. Pero aquí había suficiente para hacer fuego y se quemaba la piedra caliza obteniéndose un polvo blanco que se usaba por todos lados, cuando había dinero, en la construcción de casas. Pero las cisternas tenían que ser impermeabilizadas con cal o ¡no había nada de agua! Aún hoy en día hay viejas cisternas con revoque de cal. Los viejos siguen confiando ciegamente en ese material de construcción. ¿Pero de dónde se saca hoy buena cal?

Entregamos el agua a la madre de Julio y troté cuesta abajo hasta lo de los abuelos. Era una cálida noche de verano. Y mañana sería otro día.

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Las Casas de Las Manchas

Traducido del Alemán al Español por Silvina Masa


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